Identidad

 

En realidad son dos los símbolos de la medicina que a través de los siglos se han utilizado para identificar y representar a los médicos y su noble profesión.

 

 

Vara de Esculapio

El primero considerado el ortodoxo verdaderamente valido es el que conocemos como vara de Esculapio un antiguo símbolo asociado con la astrología y la curación de los enfermos, cuyo nombre deriva del dios romano de la medicina Esculapio (Asclepio para los Griegos), sus atributos eran represpresentados por una serpiente enrollada en un bastón o vara.

Esculapio tenía el don de la curación y conocía muy bien la vegetación, sobre todo las plantas medicinales. Al morir subió a los cielos y se convirtió en la constelación Serpico.

Caduceo

Por otra parte el que se conoce como “Caduceo” es originalmente la insignia de mercurio, dios romano del comercio y los viajeros con la cual se fue reemplazando gradualmente a la vara de Esculapio.

En su forma más usual se representa con dos serpiente enrolladas en una varilla sostenida por un par de alas.

Al parecer el caduceo de Mercurio comenzó a usarse como emblema de la Medicina en el Siglo XV, cuando Sir. William Butts medico de Enrique VII de Inglaterra lo incluyo en su escudo nobiliario.

Ambos emblemas pueden ser y son, utilizados como símbolos de la medicina precisando que, aunque la “Vara de Esculapio” es la imagen original, paradójicamente, " El Caduceo" de dos serpientes en es más utilizado y conocido universalmente.

 

 

La vocación de ser médico

 

Dr. José Luis Ruiz Sandoval

Médico adscrito e investigador SNI nivel I

Servicio de Neurología

Antiguo Hospital Civil de Guadalajara “Fray Antonio Alcalde”

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El médico es una persona que ejerce la medicina y que pertenece a un gremio cuya formación, actividad y objetivos son únicos entre todas las actividades humanas. El médico es un sujeto habitualmente inquieto desde sus primeros años de vida. Fue sobresaliente durante su formación escolar básica, además de constante y brillante en la secundaria y el bachillerato. Estas “virtudes” generalmente hacen sinergia con otros rasgos de personalidad que potencian los logros antes señalados, esto es, su tendencia al aislamiento, introversión y obsesión por la perfección en todas y cada una de las tareas asignadas. Más aún, el joven prospecto posee una dosis importante de sacrificio para rechazar una vida social, convencionalmente despreocupada, provocativa y hasta temeraria del resto de compañeros de la misma edad.

Este perfil -ya ciertamente patético- se complica aún más luego de la aceptación a tan ansiada carrera. Al ingresar a la Universidad y durante los siguientes seis años al menos, el joven estudiante debe redoblar esfuerzos para no caer en trivialidades, pérdida de tiempo, amistades y situaciones estériles que lo distraigan de su principal objetivo: ser un buen médico.

Esta exigencia, aunque a simple vista exagerada para el resto de profesionistas, no lo es tanto si consideramos la carga horaria, el volumen de información básica y clínica a manejar, el desplazamiento dentro campus universitario y fuera de él a las distintas sedes hospitalarias, la multiplicidad de tareas, informes, exámenes, desvelos, ayunos y el estrés generado por cada uno de estos compromisos.

En plena juventud, el estudiante de medicina debe incorporarse pronto a un régimen de guardias y roles hospitalarios durante su pre-internado e internado que altera profundamente sus ciclos de sueño-vigilia, viviendo un constante “jet lag” que no lo habrá de abandonar hasta su retiro o su muerte. Debe en caso de hacer vida social, ser esta de tipo “light”, con regreso temprano a casa y por supuesto, con escasa o nula comprometedora vida afectiva íntima con el género opuesto que lo aparte del camino del bien.

Debe manejar ya a nivel del servicio social la coyuntural lucha existencial entre devolver a la sociedad de forma total y desinteresada parte de los conocimientos que generosamente le han sido facilitados, o bien, psicotizarse con el examen de especialidades médicas al cual aspira y para el cual debe de prepararse todavía más.

Si logra superar este obstáculo, iniciará su residencia médica que lo convertirá en especialista o sub-especialista. Esta meta implica un esfuerzo adicional de tres a seis años dependiendo de su elección. Nuevamente habrá que alejarse de la familia, amigos y sociedad y radicar en una ciudad muchas veces ajena a sus raíces y en un hospital de su posible poco agrado.

Al joven residente se le enseña a llenar un certificado de defunción, pero no a comunicar la muerte de los pacientes a sus respectivos familiares. Por supuesto, tampoco se le ayuda a manejar el estrés que conlleva observar la muerte “a veces innecesaria” de muchos de sus pacientes, entender el llanto, dolor y reclamo justificado o no de los deudos.

El médico es un guerrero que generalmente ha aprendido a librar batallas ajenas. Ha aprendido de las enfermedades corporales y de los trabucos de los padecimientos mentales; ha aprendido de lo siniestro, de lo ruin, malo y bueno de la gente que lo consulta. Ha vivido gracias a sus pacientes, ha aprendido gracias a ellos. Ahora ya sabe de los riesgos de manejar de noche, de conducir ebrio, del uso inadecuado de las armas en casa, de cruzar con descuido la calle o de sucumbir a un conflicto afectivo con la pareja o cónyuge. Ha aprendido que no es bueno jugar con fuego y que el aljibe debe ser perfectamente tapado para evitar una tragedia en casa.

Al preguntarle a cualquier médico qué hizo entre los 18 y 30 años de edad, con toda seguridad recordará los pasillos de un hospital, las guardias, los quirófanos, las salas repletas de pacientes, los ingresos hospitalarios a la medianoche o por la madrugada. Contestará que ese tiempo lo ha dedicado a prepararse mejor para sus pacientes. Sin saberlo, ha cavado un abismo amplio y profundo en su efímera existencia terrenal. Prácticamente, la mitad de su recorrida vida no le pertenece. Le pertenece al sistema que lo forma, que le exige y que no pocas veces le denigra, limita, exprime, deforma y hasta frustra.

Más aún, casi al final de su juventud y al inicio de su vida profesional se enfrenta a dos desgarradoras y excluyentes expectativas: ser el médico prototipo altruista y desprendido, o bien, sucumbir a la práctica de una medicina metalizada y totalmente mercantilista. Temporal o permanentemente transitará del altruismo egosintónico al altruismo egodistónico, y es que las exigencias de la misma sociedad “consumista” a la cual se sirve, hacen que a cada rato se revuelvan los pensamientos y sentimientos. Efectivamente, no hay mercantilista que sufra y sí los dos primeros.

A pesar de este panorama, he de preguntar a los jóvenes adolescentes prospectos a médico y a los “semestreros” en activo: ¿desean aún ser médicos? Espero que la respuesta sea un categórico, responsable y comprometido “SÍ“.

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